Porque, desde que el periodismo se había apoderado de la noticia de la boda de Ismael con Armida, y de las acciones policiales y judiciales de sus hijos para anular el matrimonio y declararlo interdicto, no se hablaba de otra cosa en periódicos, radios y programas televisivos, así como en las redes sociales y los blogs. Los hechos desaparecían bajo un chisporroteo frenético de exageraciones, invenciones, chismografías, calumnias y vilezas, donde parecía salir a flote toda la maldad, la incultura, las perversiones, resentimientos, rencores y complejos de la gente. Si no se hubiera visto él mismo arrastrado a formar parte de ese maremagno periodístico, a ser constantemente requerido por gacetilleros que compensaban su ignorancia con su morbo y su insolencia, don Rigoberto se decía que este espectáculo en que Ismael Carrera y Armida habían pasado a ser el gran entretenimiento de la ciudad, en que eran bañados en mugre impresa, radial y televisiva y chamuscados sin tregua en la hoguera que Miki y Escobita habían encendido y atizaban a diario con declaraciones, entrevistas, sueltos, fantasías y delirios, habría sido algo entretenido para él, además de instructivo y aleccionador.
Sobre este país, esta ciudad y sobre el alma humana en general. Y sobre ese mismo mal que ahora preocupaba a Fonchito a juzgar por su composición. <<Instructivo y aleccionador, sí>>, pensó de nuevo. Sobre muchas cosas. La función del periodismo en este tiempo, o, por lo menos, en esta sociedad, no era informar, sino hacer desaparecer toda forma de discernimiento entre la mentira y la verdad, sustituir la realidad por una ficción en la que se manifestaba la oceánica masa de complejos, frustraciones, odios y traumas de un público roído por el resentimiento y la envidia. Otra prueba de que los pequeños espacios de civilización nunca prevalecerían sobre la inconmensurable barbarie.
Mario Vargas Llosa